
— Mi mayor riqueza consiste en los libros que veis aquí -dijo Raguenel mostrando con un gesto amplio las paredes tapizadas de volúmenes-. En cuanto a mi bolsa…
— No quiero vuestra bolsa ni la de vuestro invitado. He venido a buscar un nombre…
— ¿Un nombre?
— El del asesino del que hablabais hace un momento. Estoy seguro de que lo habéis averiguado después de haber sido arrestado en su lugar. No os pido ninguna otra cosa. La última víctima era mi querida…
— ¿Y dejabais que hiciera las calles en la oscuridad, al lado del río? ¡No me parece que hagáis honor a vuestro nombre!
— Era una mujer testaruda. Quería a toda costa visitar a una amiga que necesitaba ayuda, en la Rue du Petit-Musc, y se tropezó con el criminal del sello de lacre. Quiero su pellejo. Pero primero su nombre.
— No. Dároslo sería haceros un flaco favor…
— Eso es cuenta mía, me parece… -Y de súbito se le oyó reír detrás de la narizota roja de su máscara-. Tiene que ser alguien importante, porque, si he oído bien, el hombre de la sotana roja lo protege y le permite sus… fantasías, pero aunque fuera su propio hermano… ¡no, a su hermano no lo necesita para nada! Aunque fuera su criatura más odiosa, el teniente civil en persona, lo mataré. ¡A mi manera, es decir, lentamente!
— ¡Estáis loco! -exclamó Théophraste Renaudot, presa de un miedo repentino-. ¿Sabéis a lo que os arriesgáis?
El capitán Courage se acercó a él, estudió atentamente su rostro alargado que había adquirido de repente el mismo tono gris de su barba, y de nuevo se echó a reír.
— ¿Entonces es él? Lo sospechaba, pero necesitaba una confirmación. ¡Os doy las más rendidas gracias, señor!
— ¡Pero si no he dicho nada! -gimió Théophraste, angustiado por la idea de haber faltado a la palabra dada al cardenal.
— Vuestra reacción ha sido muy reveladora. ¿Juraríais sobre el Evangelio que no es él?
