— Había pasado la noche emborrachándose, de modo que habría podido matarlo fácilmente, pero no soy un asesino. Lo desperté con un cubo de agua fría y le puse su espada en la mano. Salvo por el miedo que sentía, estaba en plena posesión de sus sentidos cuando lo maté, mientras mis hombres se enfrentaban a los suyos en una proporción de uno contra dos. Después hice volar e incendiar ese funesto castillo. Ellos estaban dentro.

El tono de Beaufort era tranquilo, casi plácido: el de un simple narrador, y Richelieu no daba crédito a sus oídos.

— ¡Un duelo…! ¡Varios, mejor dicho, y el incendio de un castillo! ¿Y venís a contármelo a mí?

— Sí, monseñor, porque estimo que, antes de pediros la cabeza de Laffemas, os soy deudor de la verdad.

— ¡Cuán virtuoso! Pero la ley es la ley, y es la misma para vos que para los demás, por grandes que sean.

— ¡Aunque se llamen Montmorency! Lo sé -dijo François en tono ligero.

— De modo que voy a haceros arrestar, señor duque, y conduciros a la Bastilla a la espera del juicio.

— Hacedlo.

Semejante sangre fría llevó al todopoderoso ministro al paroxismo de la cólera. Tendía ya la mano hacia una campanilla, cuando el visitante añadió:

— No olvidéis recomendar que me amordacen o, mejor aún, que me arranquen la lengua, porque si no lo hacéis gritaré tan fuerte que el rey no dejará de oírme, a mí, su sobrino.

— Como nunca ha tenido razones para presumir de la suya, el rey carece de espíritu de familia. Pero, a propósito, ¿por qué, en lugar de venir aquí, no habéis ido a contarle a él vuestros agravios?

François miró fijamente al cardenal con una gravedad que impresionó a éste.

— Monseñor, porque vos sois el amo de este reino en mucha mayor medida que él. Además, desde hace algún tiempo tengo la impresión de que mi presencia en Saint -Germain no es realmente deseada.



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