
Ante la actitud espantada de su amigo, Perceval decidió intervenir.
— Vos no habéis dicho nada, no… pero yo, que no estoy sujeto a ningún juramento, lo digo: ¡el asesino es Laffemas!
— ¡Por fin! Eso es franqueza. Pero decidme, vos tenéis muchas cuentas pendientes con ese personaje. ¿Por qué no intentáis vengaros?
— Porque una persona muy querida por mí podría sufrir las consecuencias. Por otra parte, es necesario que os advierta de que cualquiera que atente contra tan precioso servidor del Estado será castigado con la muerte.
— De todas maneras moriré algún día, y no me ahorcarán dos veces. -Y rió.
— Muy cierto, pero cuidad de no implicar a otras personas y de que no haya ninguna duda sobre el ejecutor.
¿Sabéis que un príncipe se ha visto obligado a dar su palabra de no atacarlo antes de la muerte del cardenal?
El repentino silencio dio la medida de un asombro invisible bajo la máscara. Finalmente, el hombre emitió un silbido.
— ¿Nada menos?… Falta saber de qué príncipe se trata. Algunos no me merecen ninguna consideración.
— El duque de Beaufort.
— ¡Ah, eso es diferente! Ese me gusta… Pues bien, señores, ¡gracias por la información y gracias por haberme advertido! ¡Tengo el honor de saludarles!
La máscara siguió en su lugar, pero el capitán Courage barrió el suelo con las plumas de su sombrero, inclinándose con cierta gracia. Al hacerlo, descubrió una espesa cabellera morena y rizada. Después, desapareció tan silenciosamente como había llegado.
— ¿Creéis que ha sido prudente contárselo todo? -reprochó Renaudot-. ¡Puede ser peligroso!
Perceval sonrió y fue a servir dos copas de vino, de las que tendió una a su huésped.
— ¿Habéis olvidado que antes de nuestra aciaga aventura común teníamos el proyecto de arriesgarnos a acudir a una de las cortes de los milagros para pedir la ayuda del Gran Coesre? -dijo-. No vamos a quejarnos ahora de haber recibido su visita en casa.
