— ¿Pensáis que ese hombre es el mítico gran jefe?

— Se ha anunciado como el rey de los ladrones de Francia. Es todo un título, creo… Vamos a ver qué ha sido de Nicole y Pierrot. Sospecho que les encontraremos atados y amordazados.

Lo estaban, y concienzudamente, porque el capitán Courage no había venido solo, pero los dos coincidieron en que no habían recibido maltrato y que los métodos de aquel extraño personaje eran, por lo visto, bastante civilizados.

— ¡Se aseguró de que las cuerdas no me hicieran daño -dijo Nicole-, e incluso me dio unas palmaditas en la mejilla y me llamó «preciosa»!

— Ahora vais a decirme que es un gentilhombre -comentó con ironía Renaudot.

— ¡He conocido algunos menos corteses! ¡Y en cuanto a los servidores de la ley, no hablemos! -replicó Nicole, que no siempre tenía razones para presumir de la galantería de su buen amigo el oficial Désormeaux…

Perceval se contentó con ordenar a Pierrot que fuese a buscar más leña para alimentar la chimenea, y se guardó sus reflexiones. ¿Un gentilhombre? ¿Por qué no? La voz y el tono de aquel hombre le habían dado que pensar, y después de todo, ¡sólo Dios sabía quién podía estar interesado en sumergirse en la cloaca de los milagros!

Tres días más tarde, un jueves, día de aparición de la Gazette, los parisinos fueron informados de que su teniente civil había sido agredido cuando regresaba a su domicilio a una hora tardía, y que si seguía con vida era gracias a la inesperada intervención de la ronda. Había recibido una herida leve que apenas tendría tiempo de cuidar, dado que se le había encomendado una misión pacificadora en Normandía, al lado del mariscal de Gassion.

— ¡Ese imbécil ha errado el golpe! -rugió Perceval, y a punto estuvo de romper en pedazos el precioso periódico que su amigo le había llevado.



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