Conocía Belle-Isle por haber acompañado en otro tiempo a la duquesa de Vendôme y sus hijos. Sabía que los paisajes eran espléndidos, y el puerto del Socorro, con su antiguo priorato, le recordaba algo. Una breve nota de Ganseville, cuando el escudero había pasado por París para ir a reunirse con su amo, le había informado de que Sylvie estaba instalada allí con Jeannette y Corentin, y de que todo iba bien. Ciertamente, la época de las vacaciones y el invierno debían ser diferentes, pero, bien protegida y al margen de las intrigas de la corte con las que se había visto antes demasiado implicada, la niña tal vez recobraría un poco de su antigua alegría de vivir. Esperarlo así y rezar por ella era todo lo que podía hacer Perceval, que ofrecía al Señor su dolor de verse separado de ella y sin ningún medio a través del cual recibir noticias de ella…

Las que habría podido tener le habrían alegrado mucho: Sylvie estaba bien. E incluso, después del accidente que había sufrido en compañía del abate de Gondi, recuperaba el gusto por la vida. Como le había dicho su compañero de infortunio, más valía que renunciara a quitarse la vida, porque con toda evidencia Dios Nuestro Señor no quería que ella abandonara este mundo. Por tanto, era preferible resignarse.

En efecto, si se hubiese arrojado al vacío, se habría matado al estrellarse contra los escollos apenas cubiertos por el agua; y en cambio los dos, estrechamente abrazados, habían rodado sin perder contacto con el suelo hasta que un saliente rocoso tapizado por un arbusto detuvo su caída. Un pescador, alertado por el grito del abate, se había apresurado a buscar socorro y, menos de una hora más tarde, un grupo de personas encabezadas por Jeannette y Corentin sacaba a ambos de su peligrosa situación.



84 из 357