
Sólo Jeannette y Corentin estaban al corriente de aquel triste secreto.
— Mientras os llevábamos a casa, advertí que perdíais sangre, y procuré que nadie más lo viera porque comprendí lo que pasaba, gracias a Dios -explicó Jeannette-. Y aquí, quise quedarme a solas con vos. Además, todos encontraron más divertido conducir al señor abate a la casa del señor duque, que podía darles una recompensa: gritaba como un gato escaldado por todas las espinas que se le habían clavado en el cuerpo. ¡Vos también teníais algunas, pero muchas menos…! ¡Oh, Mademoiselle Sylvie, el Señor se ha apiadado de vos! No era justo que, siendo inocente, pagarais el terrible precio del crimen de otra persona. Ahora podréis olvidar…
Sin embargo, la impresión de estar manchada persistía. Su cuerpo estaba limpio, pero sus sueños se habían marchitado para siempre. Su amor por François iba ahora unido a la desesperación: aun admitiendo que un día consiguiera conquistarlo, ¿cómo atreverse a ofrecerle los restos dejados por Laffemas?
Bien es verdad que el padre Le Floch, enviado por Monsieur Vincent a Madame de Gondi para manifestarle todo el interés que a éste le inspiraba Mademoiselle de Valaines y que había venido a visitarla, sugirió una solución: ofrecer a Dios su persona y su alma, y lo hizo a través de un largo discurso en torno a la idea general de que únicamente Dios es digno del amor más grande, y que sus esposas conocen una felicidad serena. Sylvie, sin embargo, no conseguía imaginarse encerrada para siempre en un claustro: allá dentro se escatiman en exceso las bellezas de la naturaleza y sobre todo el aire fresco de la libertad…
