
Runcorn le había dejado el abrigo y el sombrero de copa de su traje de Peeler, limpio y arreglado con esmero después del accidente. Por lo menos eran de su medida, aunque ahora le quedaban un poquito grandes debido al peso que había perdido mientras guardaba cama. Ya lo recuperaría. Se había dado cuenta de que era un hombre fuerte, alto, esbelto y musculoso, pero como no se había afeitado él mismo, sino el enfermero, todavía no había tenido ocasión de verse la cara. Sin embargo, se la había palpado, la había recorrido con las yemas de los dedos cuando no lo observaba nadie. Era huesudo y fuerte y, al parecer, tenía una boca ancha. Pero no sabía nada más. En cuanto a sus manos, eran suaves y no estaban encallecidas por el trabajo manual y tenía el dorso de las mismas cubierto de vello oscuro.
Al parecer, llevaba unas monedas en el bolsillo en el momento de su ingreso, que le devolvieron al marchar. Alguien debía de haber pagado el tratamiento al que lo habían sometido. ¿Habría bastado con su salario de policía? En aquel momento estaba de pie en la escalera y tenía ocho chelines y once peniques en el bolsillo, además de un pañuelo de algodón y un sobre en el que figuraba su nombre y una dirección: 27 Grafton Street. Dentro del sobre había una factura de su sastre.
Al dirigir la vista a su alrededor no reconoció nada. Era un día radiante y nubes viajeras que se movían rápidas, empujadas por un viento cálido, cruzaban el cielo. A unos cincuenta metros de distancia, en un cruce, había un niño con una escoba, ocupado en dejar la encrucijada limpia de estiércol de caballo y otros desechos. Un carruaje tirado por dos caballos bayos lanzados a la carrera pasó veloz.
Monk, todavía débil, bajó la escalera y se dirigió a la calle principal. Tardó cinco minutos en encontrar un cabriolé libre, al que hizo señal de que se detuviera y a cuyo cochero dio la dirección. Ocupó su asiento en el interior y se dedicó a observar las calles y plazas que iban desfilando ante sus ojos, así como otros vehículos y carruajes, algunos con lacayos vestidos con librea, otros cabriolés, carros de cerveceros y las carretas de los verduleros ambulantes.
