– Todo llegará -repitió Runcorn-. Cuando se reponga, cuando vuelva al trabajo. Pero necesita descansar para recuperarse, eso es lo que necesita, un descanso que le permita renovar fuerzas. Una semanita o dos, es el tiempo indispensable. Cuando esté en condiciones de trabajar vuelva a la comisaría y entonces se hará la luz, me atrevería a decir que eso es lo que ocurrirá.

– Sí-dijo Monk, aunque más para dar la razón a Runcorn que por creerlo realmente, porque no lo creía.


Tres días más tarde Monk abandonó el hospital. Ya tenía fuerzas suficientes para andar y, además no hay nadie que se quede más tiempo del necesario en un hospital. No sólo por consideraciones de tipo financiero, sino también por el peligro que entrañaba permanecer en un sitio como aquél. Muere más gente por contagio que por enfermedad o por las heridas que los llevaron al hospital. Se lo contó con aire resignado el enfermero que le había dicho cómo se llamaba.

No le extrañaba lo más mínimo. En los pocos días que recordaba había visto a médicos pasar de una herida abierta a una úlcera enconada, de pacientes aquejados de fiebre a otros que vomitaban o soltaban flujo, para después volver a curar heridas abiertas, y vuelta a empezar. El suelo estaba cubierto de vendas sucias y se hacían pocas coladas de ropa, aunque era indudable que todos hacían lo que podían con los escasos medios disponibles.

De hecho, para ser sinceros, hacían cuanto estaba en sus manos para no admitir a pacientes declarados de tifus, cólera o viruela y, en caso de detectar estas enfermedades una vez ingresados corregían el error y enviaban a aquellos pobres desgraciados a sus casas, para que pasasen en ellas la cuarentena, donde estaban abocados a una muerte segura o se recuperaban sólo si ésa era voluntad de Dios. Pero por lo menos allí constituían un peligro menor para la comunidad. Todo el mundo sabía qué significaba la bandera negra que colgaba fláccida en una bocacalle cualquiera.



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