
Un vendedor de periódicos gritaba algo, pero pasaron tan rápidamente por su lado que el ruido de los cascos de los caballos apagó el clamor. Un hombre con una sola pierna vendía cerillas.
Encontraba algo familiar en aquellas calles, pero era una sensación que le llegaba muy débil desde el fondo de sus pensamientos. Aunque no le parecían del todo extrañas, no habría podido decir el nombre de ninguna de ellas.
Tottenham Court Road. El tráfico era intenso: carruajes, carros, carretas, mujeres que rozaban con sus amplias faldas los desperdicios de la cuneta, dos soldados que se reían a carcajadas y un borracho, levitas rojas convertidas en manchas de color, una florista y dos lavanderas.
El carruaje enfiló Grafton Street y se paró.
– ¡Aquí es, señor, el número veintisiete!
– Gracias -dijo Monk apeándose con torpeza del carruaje, el cuerpo muy envarado y desagradablemente débil.
Incluso aquel esfuerzo, pese a ser insignificante, lo había dejado exhausto. No tenía idea de cuánto dinero debía pagar. Mostró un florín, dos monedas de seis peniques, una de un penique y otra de medio penique en una mano.
El cochero titubeó, cogió una de las monedas de seis peniques y la de medio penique, se llevó la mano al sombrero e hizo restallar las riendas sobre la grupa del caballo dejando a Monk en la acera. Ahora que había llegado el momento, el miedo se había apoderado de él. No tenía ni la más ligera idea de qué encontraría ni a quién.
