Pasaron dos hombres que lo observaron llenos de curiosidad. Probablemente suponían que se había perdido. Se sentía ridículo, confundido. ¿Quién respondería a su llamada? ¿Conocería a la gente de la casa? Si aquélla era su casa, lo tenían que conocer por fuerza. Pero ¿hasta qué punto? ¿Serían amigos o sólo los propietarios? Por absurdo que pareciera, ni siquiera sabía si tenía familia.

De cualquier modo, si la hubiera tenido, con seguridad lo habrían visitado en el hospital. Runcorn lo había ido a ver, o sea que ahora ya sabían dónde estaba. Tal vez él era uno de esos hombres que no inspiran amor, sólo una cortesía profesional. ¿Por eso había ido a verlo Runcorn? ¿Porque era lo que correspondía hacer?

¿Había sido un buen policía? ¿Eficiente en su trabajo? ¿Era un hombre simpático? Toda aquella situación era ridícula, patética.

¡Bah, era infantil! Si hubiera tenido una familia, una esposa o un hermano o una hermana, Runcorn se lo habría dicho. Debía ir descubriendo las cosas a medida que pudiera; si trabajaba con los Peelers, quería decir que era detective. Iría reuniendo todas las piezas hasta completar el rompecabezas, su modo de vida. El primer paso consistiría en llamar a aquella puerta de color marrón oscuro cerrada ante él.

Levantó la mano y llamó con viveza. Transcurrieron unos minutos largos y desesperados mientras en su cabeza se iba devanando una serie de preguntas antes de que una mujer fornida y de mediana edad, que llevaba un delantal, abriera la puerta. Era gruesa, llevaba el cabello peinado hacia atrás con desaliño, pero iba limpia y tenía un rostro que parecía haberse restregado con denuedo y que revelaba una expresión de generosidad.

– ¿Quién lo había de decir? -dijo rebosante de espontaneidad-. Que Dios salve mi alma si éste no es el señor Monk. Esta misma mañana, sin ir más lejos, le he dicho al señor Worley que como usted no apareciera pronto me vería obligada a alquilar sus habitaciones, aunque fuera contra mis principios.



12 из 394