Ya se sabe que no se puede vivir sin comer. Debo decir, de todos modos, que el señor Runcorn pasó por aquí y me dijo que usted había sufrido un accidente terrible, que estaba herido en el hospital. -Se llevó la mano a la cabeza en un gesto de desesperación-. ¡Que Dios nos libre de sitios como ésos! Usted es el primero que veo salir por su propio pie de uno de esos lugares. Si quiere que se lo diga con franqueza, estaba esperando que el día menos pensado apareciese por aquí algún mensajero para anunciarme que se había muerto.

Frunció la cara y lo miró con concentrada atención.

– De todas maneras, hay que decir que tiene muy mal aspecto. Pase y le haré una buena comida porque me parece que debe de estar medio muerto de hambre. Me jugaría cualquier cosa a que no ha tomado una comida decente desde que salió de esta casa. ¡Qué día aquel! Hacía un frío de todos los demonios.

Y con un rápido revuelo de sus amplias faldas, dio media vuelta y lo hizo pasar.

Él la siguió a lo largo del corredor revestido de paneles y lleno de cuadros románticos colgados de las paredes y después escaleras arriba hasta un amplio rellano. La mujer sacó después un manojo de llaves que llevaba en el cinto y abrió una de las puertas.

– Supongo que habrá perdido la llave, ya que de otro modo no habría llamado a la puerta. Es eso, ¿verdad?

– ¿Tenía yo llave? -preguntó sin percatarse de que se traicionaba al pronunciar aquellas palabras.

– ¡Que Dios nos acoja! ¿Cómo no iba a tener? -exclamó la mujer, sorprendida-. ¿No supondrá que voy a estar subiendo y bajando la escalera a todas horas por la noche, cada vez que usted entra y sale, digo yo? No hay cristiano que aguante si no descansa lo suyo. Hay que dormir, eso no falla. Supongo que también usted habrá dormido.

Se volvió a mirarlo.

– Pero ahora que lo miro bien, veo que tiene muy mala cara. Seguro que lo ha pasado mal. Mire, entre y siéntese. Voy a traerle de comer y de beber. Lo que a usted le hace falta es disfrutar de las cosas buenas de la vida, se lo digo yo.



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