Lanzó un resoplido y se recompuso el delantal con brío.

– Siempre he dicho que en los hospitales no cuidan a los enfermos como es debido. Me juego lo que quiera a que la mitad de los que se mueren en el hospital es porque no comen.

Y con una indignación que se reflejaba en las contracciones de todos sus músculos cubiertos por el negro tafetán, salió como una exhalación del cuarto dejando la puerta abierta.

Monk se acercó a la puerta, la cerró y después se volvió para echar un vistazo a la habitación. Era espaciosa y las paredes estaban recubiertas de paneles de color marrón oscuro y de papel verde. Los muebles tenían aire de viejos. En el centro de la habitación había una pesada mesa de roble con cuatro sillas a juego. Eran de estilo jacobino, con las patas talladas terminadas en forma de garras. El aparador situado en la pared opuesta tenía una factura similar, si bien no veía qué función podía tener, ya que lo abrió y no vio en él objetos de porcelana ni cubertería en los cajones. Sin embargo, los cajones más bajos guardaban manteles y servilletas de lino, todo recién lavado, planchado y en perfecto estado. Había también un escritorio de roble con dos cajones pequeños y planos y, arrimada a la pared más próxima, colocada junto a la puerta, una elegante biblioteca repleta de libros. ¿Formaban parte del mobiliario? ¿Ó eran suyos? Después miraría los títulos.

Las ventanas estaban envueltas, más que cubiertas, con unas cortinas afelpadas orladas de flecos, y eran de un verde descolorido. En los brazos de las lámparas de gas, adosadas a la pared, faltaban algunas piezas. Los brazos de la butaca de cuero estaban manchados, y el uso había aplanado los almohadones. Hacía tiempo que los colores de la alfombra habían pasado a unas tonalidades ciruela, azul oscuro y verde bosque, lo que en conjunto no dejaba de formar un fondo grato a la vista. De las paredes colgaban varios cuadros, un tanto pretenciosos y en la repisa de la chimenea se leía la grave sentencia: DIOS LO VE TODO.



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