
¿Era suyo todo aquello? Probablemente no, porque sentía en su interior una oleada de emociones encontradas y, sin poder evitarlo, en su rostro apareció una mueca como reacción ante la sensiblería de aquellos cachivaches y hasta notó que los menospreciaba.
La habitación era cómoda, invitaba a permanecer en ella, pese a lo cual la encontraba muy impersonal, sin fotografías ni recuerdos de ningún género, ni tampoco ningún testimonio de sus gustos. Sus ojos estuvieron paseándose por ella con interés, pero no había nada que le resultase familiar ni constituyese tampoco un alfilerazo capaz de remover su memoria.
Quiso probar qué ocurriría al entrar en el dormitorio. Lo mismo: cómodo, viejo y ajado. En el centro había una gran cama, a punto con sus sábanas limpias, la blanca y mullida almohada y el edredón color vino, rematado con volantes. Sobre el pesado tocador había una jofaina de porcelana bastante artística y un aguamanil, y encima de la cómoda un vistoso cepillo para el cabello con el dorso de plata.
Pasó la mano por las superficies y la sacó limpia de la prueba. Había que decir, por lo menos, que la señora Worley era una buena ama de casa.
Ya iba a abrir los cajones para examinar su contenido cuando oyó unos vivos golpecitos en la puerta y entró la señora Worley llevando una bandeja con un plato en el que humeaba un trozo de carne, un pedazo de pastel de hígado, col hervida, zanahorias y habichuelas, y otro con una porción de tarta y un poco de flan.
– ¡Aquí tiene! -dijo la mujer con aire satisfecho y dejando la bandeja en la mesa.
Se animó al ver los cubiertos -cuchillo, tenedor y cuchara- y un vaso de sidra.
– ¡Coma y se sentirá mejor!
– Gracias, señora Worley.
La gratitud era sincera porque no tomaba una comida sustanciosa desde…
