– ¿O quizás es que no lo queremos decir? -prosiguió-. Bueno, no se lo reprocho. -Se encogió de hombros-. No le cuente nada a la policía si no le conviene, pero ¿no le apetecería tomar unas gachas de avena? ¿Un puré bien espesito, que ya le tengo caliente desde hace un rato en aquella estufa? ¡Es que tiene que poner algo de su parte, hombre!

Monk tenía hambre y pese a estar tapado con la manta se notaba helado.

– Sí, por favor -aceptó.

– Entendidos, pues, le voy a dar las gachas esas. Supongo que no habré hecho mal diciéndole cómo se llama, no va a mirarme con malos ojos por esto. -Movió la cabeza-. O había hecho algo horrible o tenía un miedo de la policía que para qué le voy a contar. ¿Qué hizo si se puede saber? ¿Afanó las joyas de la corona, quizá?

Y mientras se dirigía a la estufa negra y ventruda del final de la sala aún masculló alguna cosa más y se rió para sus adentros.

¡La policía! ¿Sería un ladrón? La sola idea le repugnaba, no sólo por los miedos que despertaba en él, sino por la palabra en sí y por lo que comportaba cuando se la aplicaba a sí mismo. Pero quizá fuera verdad.

¿Quién era? ¿Qué clase de hombre era? ¿Se habría herido, tal vez, mientras realizaba alguna proeza, algún hecho arriesgado? ¿O al verse acosado como un animal tras cometer algún delito? ¿O quizá no era más que un pobre desgraciado, una víctima que se había encontrado en el momento más inoportuno en el lugar más desafortunado?

Rebuscó en su mente, pero no encontró nada, ni un jirón de pensamientos o de sensaciones reveladoras. En algún sitio tenía que vivir, a alguien debía de conocer. Personas, rostros, voces, emociones. ¡Pero no había nada! Por lo que podía recordar, era como si acabara de nacer en un duro camastro de aquel desolado hospital.



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