Sin embargo, alguien sabía quién era. Sí, la policía.

El hombre había vuelto con las gachas y con sumo cuidado comenzó a administrárselas, cucharada tras cucharada. Un plato insulso y de poca consistencia, pero no por ello menos de agradecer. Después se volvió a tumbar en la cama y, aunque estuvo luchando por no dormirse, ni el miedo logró impedir que se sumiera en un profundo letargo, aparentemente desprovisto de sueños.

Cuando se despertó al día siguiente por la mañana, como mínimo tenía dos cosas muy claras en la cabeza: su nombre y el lugar donde se encontraba. Recordaba con precisión absoluta los escasos hechos del día anterior: el enfermero, las gachas calientes, el vecino de al lado revolviéndose inquieto y lamentándose en la cama, el techo de un color gris deslavado, el tacto de las mantas y el dolor del pecho.

Tenía una idea muy precaria del tiempo, pero suponía que debía de ser media tarde cuando entró el agente de policía. Era un hombre alto, o eso le pareció al verlo con su esclavina y el sombrero de copa que llevaban las Fuerzas de la Policía Metropolitana de Peel. Tenía una cara huesuda, nariz larga y boca ancha, una frente despejada, pero unos ojillos hundidos y tan pequeños que difícilmente se habría podido decir de qué color eran. Aunque su aspecto general era agradable y denotaba inteligencia, entre las cejas y en torno a los labios había leves indicios de mal genio. Se detuvo ante la cama de Monk.

– Supongo que ahora ya sabe quién soy, ¿verdad? -le preguntó con aire risueño.

Monk no negó con la cabeza porque le dolía demasiado.

– No -se limitó a decir.

El hombre dominó su irritación e incluso un sentimiento que podía ser de contrariedad. Observó de cerca a Monk y recorrió de arriba abajo su cuerpo con la mirada, frunciendo un ojo como si con ese gesto que revelaba su nerviosismo pretendiera concentrarse en lo que veía.



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