– Hoy tiene mejor aspecto -decretó.

¿Sería verdad o es que Runcorn pretendía simplemente animarlo? Y ahora que lo mencionaba, ¿cuál era su aspecto? No tenía ni la más mínima idea. ¿Era moreno o rubio, feo o bien parecido? ¿Sería fornido o desgarbado? Si no podía verse las manos, ya no digamos el cuerpo, cubierto con las mantas. No deseaba llevar a cabo esa prospección, esperaría a que Runcorn se hubiese marchado.

– Supongo que no recordará nada -prosiguió Runcorn-. ¿Se acuerda de lo que le pasó?

– No. -Monk se debatía en medio de una nube totalmente amorfa.

¿Lo conocía, aquel hombre, o sólo sabía alguna cosa de él? ¿O era tal vez un personaje público al que Monk habría debido de reconocer? ¿O quizás andaba tras él con algún propósito oculto, dictado por el deber? A lo mejor se limitaba a buscar información o tal vez sabía algo de Monk, además de su nombre, que habría podido darle sentido al descarnado hecho de su presencia.

Monk estaba tendido en la cama, tapado hasta la barbilla, pese a lo cual se sentía mentalmente desnudo y vulnerable, como los que quedan públicamente en ridículo. El instinto le aconsejaba ocultarse, esconder su debilidad. Sin embargo, tenía necesidad de saber. Tenía que haber en el mundo docenas o más, de personas que lo conocían; sin embargo, él no sabía nada. Estaba en una situación de desventaja total y absolutamente paralizante. Ni siquiera sabía quién lo amaba o lo odiaba, a quién podía haber perjudicado y a quién ayudado. La necesidad en la que se encontraba era comparable a la de quien, pese a sufrir las angustias del hambre, siente el terror de que en cada bocado puede ocultarse el veneno.

Volvió a mirar al policía. El enfermero había dicho que se llamaba Runcorn. Tantearía el terreno.

– ¿He tenido un accidente? -preguntó.

– Eso parece -le replicó Runcorn sin darle mayor importancia-.



6 из 394