Runcorn seguía esperando, observándolo con gran atención.

– No -dijo Monk lentamente-, todavía no. Runcorn se irguió y exhaló un suspiro de resignación.

– Todo llegará…

– ¿Cuánto tiempo hace que estoy aquí? -preguntó Monk-. He perdido la cuenta.

Era una observación razonable, cualquiera en sus circunstancias podía haber dicho lo mismo.

– Más de tres semanas… hoy es 31 de julio de 1856 -añadió no sin una sombra de sarcasmo.

¡Santo Dios! Llevaba más de tres semanas y lo único que recordaba era el día de ayer. Cerró los ojos. En realidad, lo que sentía era algo infinitamente peor: ¿cuántos años podía tener? ¡Y pensar que de lo único que se acordaba era de ayer! ¿Qué edad tenía? ¿Cuántos años había perdido? Sintió que el pánico hervía de nuevo dentro de él y a punto estuvo de gritar: «¡Ayudadme!, ¡que alguien me ayude! ¿Quién soy? ¡Devolvedme mi vida, mi ser!»

Pero los hombres no gritan en público, ni siquiera en privado. Sintió el sudor frío que le bañaba la piel y se quedó rígido, tendido allí con los puños cerrados a ambos lados del cuerpo. Seguramente Runcorn supondría que se trataba sólo de dolor, del dolor físico corriente. Debía guardar las apariencias. No podía dejar que Runcorn se imaginara que había olvidado su trabajo. Si perdía el trabajo, el asilo pasaría a convertirse en realidad, penosa, desesperanzada, un día tras otro de trabajo obediente, servil y sin objeto.

Se obligó a volver al presente.

– ¿Más de tres semanas?

– Sí-replicó Runcorn y después tosió y se aclaró la garganta.

Tal vez Runcorn estaba cohibido. ¿Qué se le puede decir a un hombre que no te recuerda, que ni siquiera se recuerda a sí mismo? Monk lo sintió por él.



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