
—Tengo que pedirle un favor, querida amiga. Es… un poco delicado, y no quisiera que me tomara por un veleta que cambia constantemente de parecer.
—¡Cuántos preámbulos! Vamos, pida lo que sea.
—Ese viejo irascible, el marqués de Fuente Salada… Quisiera que nos presentase.
Una expresión divertida se pintó en el encantador rostro de la joven.
—¿Acaso le gusta que lo martiricen, querido príncipe?
—En absoluto, pero necesito hacerle algunas preguntas. Usted me dijo que era una autoridad en todo lo relativo a Juana la Loca, ¿no?
—Sí, lo es; pero ¿no teme que hoy sea un momento aún peor que el otro día? Ya sabe que han robado el retrato que se encontraba en casa de los Medinaceli. Debe de estar de un humor de perros.
—No lo parece. Incluso se diría que está muy tranquilo. Tal vez aún no lo sepa.
—En ese caso, vamos allá.
Pero Don Basilio lo sabía. Para ser exactos, acababa de enterarse, pues su lívido rostro estaba adquiriendo una curiosa tonalidad rosácea que en él debía de ser signo de una violenta emoción. Movía de un lado a otro la cabeza de pájaro y la larga nariz, como si intentara olfatear el rastro del malhechor.
—¡Increíble! ¡Inconcebible! ¡Absolutamente escandaloso! —no cesaba de repetir. Y a continuación puso por testigo a la señora de Las Marismas—: ¿No es usted del mismo parecer, querida Isabel? Vivimos en el siglo de las abominaciones.
La conciliadora doña Isabel se puso enseguida manos a la obra.
—El príncipe y yo compartimos su opinión, querido don Manrique —dijo—. Por cierto…
El marqués interrumpió un instante sus imprecaciones para clavar unos ojos de búho en el recién llegado.
—¿El príncipe? —masculló—. ¿Príncipe de qué, si puede saberse?
El tono era tan despreciativo que, pese a sus buenos propósitos, Aldo se ofendió.
—Cuando alguien cuenta con cuatro dux de Venecia entre sus antepasados, uno de ellos un príncipe del Peloponeso —dijo con la misma arrogancia que el otro—, no tiene que rendir cuentas de sus blasones a un hidalgüelo español.
