Doña Isabel se interpuso valientemente en la disputa.

—¡Señores, señores! ¡Piensen que la reina está aquí! Esta reyerta no es propia de hombres cuya inteligencia y cuyos grandes conocimientos deberían permitirles simpatizar. Permita, pues, príncipe, que le presente…, privilegio de la edad —precisó con una sonrisa, para evitar confusiones—, al marqués de Fuente Salada, chambelán de su majestad la reina María Cristina, viuda de nuestro añorado rey Alfonso XII. Don Manrique, éste es el príncipe Morosini, un gran señor y un experto internacional en joyas históricas. Su cultura es casi tan vasta como la de usted. Además, el rey, a quien ha prestado un gran servicio, lo aprecia mucho.

Fuente Salada esbozó un saludo, mirando desafiante al veneciano al tiempo que mascullaba, incorregible:

—¡Hummm, hummm!… ¡En el fondo, nobleza de comerciantes!… ¿Y de qué podríamos hablar?

—De ese magnífico período español llamado Siglo de Oro —dijo Morosini, impávido—, y en particular de la más desdichada y tal vez la más atrayente de las reinas, ésa cuyo retrato un malhechor ha osado robar, doña Juana…

El otro lo interrumpió con un gesto, carraspeó, sacó del chaqué un pañuelo enorme, se limpió con él la nariz y declaró:

—Ni el lugar, ni la hora, ni las circunstancias me parecen apropiados para evocar tan noble recuerdo. No podría decir usted nada que yo ya no supiera. Además, sólo acepto hablar de ella en un sitio, el de su martirio. En Tordesillas, donde tengo una casa. Y estamos lejos de allí.

—¿Por qué no en Granada, puesto que en la capilla real de su catedral es donde descansa, junto a su esposo y su madre? —preguntó Morosini en tono provocador.

—Porque ahí sólo hay cenizas y a mí lo único que me importa es la vida. Para servirlo, señor. Están anunciando la cena y no tenemos nada más que decirnos. Querido duque, lo acompaño —añadió, inclinándose con solicitud sobre la cabeza calva del hombre del Toisón de Oro, que parecía dormir de pie.



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