
Naturalmente, no durmió. Principalmente, porque la siesta no formaba parte de sus hábitos, pero también porque, pese a su aparente serenidad, aquella historia le fastidiaba. No tenía ganas de eternizarse en Sevilla. Además, el comisario Gutiérrez no le inspiraba ninguna confianza; si lo había dejado libre, quizá fuese para tener tiempo de pensar la mejor forma de soslayar la protección real sin jugarse la carrera, pero estaba decidido a clavarle las garras. Fuera cual fuese el resultado del careo del día siguiente, Morosini estaba casi seguro de que encontraría la manera de hacerlo pasar por la cárcel.
Unos golpes en la puerta interrumpieron su acceso de morbidezza, como decían en su país, y su lento descenso hacia las oscuras profundidades del desánimo. Fue a abrir y se encontró frente a un botones con uniforme rojo adornado con galones, que le presentaba una carta sobre una bandeja de plata. En realidad, no era más que una nota, pero al leerla Aldo tuvo la impresión de que acababan de insuflarle oxígeno: en unas pocas palabras, la duquesa de Medinaceli le rogaba que fuese a charlar un rato con ella hacia las siete. «Estaremos solos. Venga, por favor. Me disgustaría que se llevara de Sevilla una imagen desagradable.»
¿Significaba eso que doña Ana estaba al corriente y no daba ningún crédito a la acusación formulada contra él? Confiaba en ello. Además, quizá la amable mujer supiera algo sobre la joya.
Así pues, fue con entusiasmo a darse una ducha, antes de ponerse un elegante traje gris antracita cuyo corte impecable hacía plena justicia a sus anchos hombros, sus largas piernas y sus estrechas caderas.
