Morosini se echó a reír.

—Quizá simplemente ha recapacitado —dijo con indulgencia—. En lo que a mí respecta, bien está lo que bien acaba, y ahora voy a preocuparme por mi propio viaje de vuelta.

Se disponía a levantarse también, pero doña Ana lo retuvo.

—Quédese un momento. Señor comisario, su investigación se encuentra en un punto muerto y debe de tener usted mucho que hacer. No le entretendré más.

Gutiérrez se marchó, pero su forma de arrastrar los pies decía claramente que lo hacía de mala gana.

—No parece muy convencido —comentó Morosini.

—Eso es lo de menos. Lo que cuenta es que deje de importunarlo. Su acusación era grotesca.

—Pero normal cuando no se conoce a una persona y se trata de un extranjero.

—Es normal sobre todo cuando uno es de pocos alcances. La primera cualidad de un buen policía es saber distinguir con quién está tratando.

Se oyó la campana de un convento vecino. Aldo se levantó de nuevo, esta vez sin que se lo impidieran. Su mirada chispeaba cuando se inclinó sobre la mano de su anfitriona:

—Le debo un gran favor, duquesa. Un favor mucho mayor de lo que quiere reconocer.

La misma llamita de diversión brilló en los ojos oscuros de doña Ana.

—¿Acaso insinúa, querido príncipe, que lo que acabo de afirmar no es la expresión misma de la verdad?

Morosini aspiró la brisa fresca que venía del mar y agitaba con majestuosidad la cima de las grandes palmeras.

—No hace calor y el vestido de su gracia —empleó adrede el título inglés reservado a las duquesas porque le parecía que a doña Ana le iba como anillo al dedo— es de un tejido precioso pero bastante fino…, y todavía no ha pedido un chal.

Esta vez, ella se echó a reír, se levantó también y fue a coger a Aldo del brazo. .

—¿Cree que debería?… De todas formas, yo nunca tengo frío. Pero… me gustaría saber por qué a Fuente Salada le han entrado tantas prisas por irse. No le importa hacerse el pobretón a pesar de que no está en la miseria, ni mucho menos. Entonces, ¿a qué viene lo de aprovechar el tren real?



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