—¿Un ataque agudo de cursilería?

—Me cuesta creerlo; se relaciona con el entorno real todo lo que quiere. A lo mejor ha sentido de verdad remordimientos por sus afirmaciones caprichosas.

—Es posible, pero si siente remordimientos me enteraré. Mañana por la mañana salgo para Madrid y no tengo intención de dejarlo escapar. No olvide que necesito sus conocimientos. Esa es, por cierto, la única razón por la que no le daré un buen puñetazo.

—¿Lo haría, si no fuera por eso?

—¿Cómo cree usted que reaccionaría un español en el mismo caso?

—Me temo que de forma violenta.

—Los venecianos somos igual de sensibles, pero le prometo que yo me comportaré con una amabilidad exquisita.

Lo que no dijo es que le estaba rondando una idea por la cabeza. ¿Y si por casualidad el ladrón fuera Don Basilio?

Llegaron al gran patio donde esperaba el mayordomo encargado de acompañar al visitante a su coche.

—Soy su esclavo para siempre, doña Ana —dijo Aldo, inclinándose—. Ahora sé qué aspecto tiene un ángel de la guarda.

—En ocasiones, la verdad encuentra muchas dificultades para abrirse paso hacia la luz. Es un deber ayudarla a conseguirlo… Además, para ser totalmente franca, me sentiré bastante satisfecha de verme privada del retrato si su ausencia me libra de las visitas de la Susona. No le tengo mucho aprecio.

Al llegar a la plaza de la antigua Puerta de Jerez, al fondo de la cual se alzaba el Andalucía Palace, Morosini vio de pronto, bajo un viejo sombrero de paja, un blusón de un rojo descolorido que le pareció reconocer y que parecía andar arriba y abajo como esperando. Inmediatamente hizo detener la calesa, pagó y bajó, pensando que quizás el mendigo estuviese buscándolo. No se equivocaba; en cuanto lo vio, Diego Ramírez le hizo una discreta seña invitándolo a seguirlo.



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