
Uno detrás del otro, los dos hombres llegaron a un venerable edificio cuya fachada barroca estaba decorada con magníficos azulejos. Era el Hospital de la Caridad, fundado en el siglo XVI por la congregación del mismo nombre para dar asilo a los pobres y sepultura a los ajusticiados cuyos cuerpos abandonados se pudrían bajo el cielo. Uno de sus principales bienhechores había sido don Miguel de Manara, cuya vida disoluta serviría de modelo a donjuán. Ver entrar allí a un mendigo no tenía nada de sorprendente, y tampoco a un hombre elegante, ya que las religiosas encargadas del hospital recibían a menudo donativos y visitas de la alta sociedad sevillana.
Los dos hombres se dirigieron a la capilla, que permanecía abierta hasta tarde. Como sabía que el curioso personaje era judío, a Morosini le extrañó un poco verlo entrar en una iglesia, pero Ramírez no se acercó al altar. Se detuvo a la derecha de la gran puerta, delante del terrible cuadro de Valdés Leal, obra maestra del realismo español, que según Murillo sólo se podía mirar tapándose la nariz. Representaba a un obispo y un caballero muertos, metidos en sus ataúdes semiabiertos y llenos de gusanos.
—Podría haber buscado otra cosa… —murmuró Morosini deteniéndose junto a él.
—¿Por qué? Para todos mis iguales este cuadro es un consuelo, pero es de otro cuadro del que quiero hablarle.
—¿Del que han robado en la Casa de Pilatos? Estoy al corriente. ¡Hasta me han acusado del robo!
—Es un grave error. Yo sé quién se lo ha llevado.
Aldo miró al hombre con un asombro que rayaba en la admiración.
—¿Cómo puede saberlo?
—Los mendigos estamos en todas partes, alrededor de las iglesias, de la plaza de toros los días que hay corrida, junto a las casas ricas cuando dan una fiesta… No he tenido más que buscar, preguntar…
