
—¿Y qué ha averiguado?
—Fue hacia las dos de la mañana. La fiesta no había terminado, pero la reina ya se retiraba: los invitados y los anfitriones se agolpaban a su alrededor, pero los mendigos estaban en la calle a la que da el Jardín Chico, donde dos o tres criados estaban dándoles comida; siempre hay en abundancia cuando se recibe en la Casa de Pilatos, y ellos esperan obtener otros servicios a cambio. Bueno, pues según Gómez, el mendigo de San Esteban, que es la iglesia vecina, esa noche hubo un paquete distinto de los demás, no muy grande pero rectangular y bastante plano. Intrigado, Gómez siguió al hombre al que se lo habían dado, que no esperó al reparto, sino que salió corriendo como alma que lleva el diablo.
—¿Y adonde fue?
—A una antigua casa noble, junto a la plaza de la Encarnación. Pertenece a un viejo huraño, un poco chocho, cuyo hermano fue chambelán de la reina madre.
—¿No se llamará Fuente Salada ese chambelán?
—Creo que sí.
—Entonces tenía una buenísima razón para dirigir las pesquisas de la policía hacia mí; ha sido él quien ha hecho robar el cuadro, y supongo que en estos momentos el retrato viaja con él en el tren real en dirección a Madrid. Acaba de hacerme un inestimable favor.
—Bueno, todo tiene un precio —dijo el mendigo con modestia.
Morosini entendió la alusión, sacó unos billetes de la cartera y los puso en una mano que no andaba muy lejos de ella.
—Otra cosa: ¿por qué ha hecho todas estas averiguaciones? ¿Por mí?
Diego Ramírez adoptó de pronto una actitud grave.
—En parte, sí —respondió—, pero sobre todo porque, el día de nuestra cita, por la noche oí llorar a Catalina.
—Dígale que tenga paciencia. Encontraré el rubí y será devuelto a los hijos de Israel. Ese día regresaré. Dios le guarde, Diego Ramírez.
