
Deseó haber sido capaz de preguntarle al encargado de la taberna sobre el dueño de la posada, pero dado que tenía intención de solicitar el puesto de posadera y que el patrón del tabernero podía acabar siendo también el suyo aquello podría resultar incómodo, y de ninguna manera quería llamar la atención sobre sí misma.
Lo cierto era que necesitaba el empleo. Lo necesitaba desesperadamente. No sólo por el dinero, sino porque sus hermanos y ella necesitaban quedarse en algún lugar. Había dado por hecho que habría varios tipos de alojamientos disponibles en el pueblo para descubrir que el único lugar de Colyton capaz de albergarlos a los cinco era la posada. Y ya no podían permitirse el lujo de hospedarse en un lugar como ése más de una noche.
Lo malo era que, por falta de posadero, en la posada no se admitían clientes. Sólo estaba abierta la taberna. Ni siquiera había servicio de comidas. Así que mientras no contrataran a un posadero, el Red Bells no podía considerarse una posada.
Su gran plan, el objetivo que la había impulsado a seguir adelante durante los últimos ocho años, era regresar a Colyton, al hogar de sus antepasados, para encontrar el tesoro de la familia. Las leyendas familiares sostenían que el tesoro, oculto para paliar las necesidades de las generaciones futuras, estaba escondido allí, en el lugar que indicaba una enigmática rima que se transmitía de padres a hijos.
Su abuela había creído en la leyenda a pies juntillas, y les había enseñado a Em y a Issy la rima en cuestión.
Su padre y su abuelo se habían reído de ella, pues ninguno de los dos creía nada de aquello.
Pero la abuela siempre sostuvo contra viento y marea que aquella leyenda era cierta. A ella y a Issy, y luego también a Henry y las gemelas, la promesa del tesoro les mantuvo unidos y con la moral alta durante los últimos ocho años.
