El tesoro estaba allí. Emily no podía ni quería creer otra cosa.

Ella jamás había dirigido una posada en su vida, pero habiéndose encargado de la casa de su tío desde el sótano al ático durante ocho años, incluidas las numerosas semanas que los amigos solteros de su tío se alojaron allí para las cacerías, se sentía lo bastante segura de sí misma como para encargarse de una pequeña posada en un pueblecito tranquilo como Colyton.

No podría ser tan difícil, ¿verdad?

Se encontraría, sin lugar a dudas, con muchos desafíos pero, con la ayuda de Issy y Henry, podría superarlos. Incluso las gemelas, de sólo diez años y muy traviesas, podrían echar una mano.

Ya había perdido demasiado tiempo. Tenía que moverse, acercarse resueltamente a la puerta principal, llamar y convencer al viejo caballero que residía en Grange de que debía contratarla como la nueva posadera de Red Bells.

Em y sus hermanos, la última generación de Colyton, habían logrado llegar al pueblo. Ahora tenía que ganar tiempo y conseguir los medios necesarios para buscar y encontrar el tesoro.

Para poder afrontar el futuro con seguridad.

Respiró hondo y contuvo el aliento y, poniendo resueltamente un pie delante del otro, recorrió el resto del camino.

Subió los escalones de entrada y sin concederse ni un solo segundo para pensárselo mejor, levantó la mano y dio varios golpecitos a la puerta principal pintada de blanco.

Al bajar la mano, vio la cadena de una campanilla. Por un momento se preguntó si debía utilizarla o no, pero luego escuchó el sonido de pasos acercándose a la puerta y esperó.

La abrió un mayordomo, uno de los más imponentes que Emily había visto en su vida. Habiéndose movido entre la alta sociedad de York antes de morir su padre, reconoció la especie. Tenía la espalda tan rígida como un palo. Al principio, el hombre miró por encima de su cabeza, pero luego bajó la vista.



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