El comerciante les dejó justo delante de la posada Red Bells. Para gran alivio de Emily, había un letrero en la pared, al lado de la puerta, donde ponía «Se busca posadero» en letras negras. El puesto aún seguía vacante. Había llevado a sus hermanos a una esquina del salón y les había dado suficientes monedas para que se tomaran una limonada. Durante todo el rato, ella se dedicó a estudiar la posada, evaluando todo lo que estaba a la vista, fijándose en que las contraventanas necesitaban una mano de pintura, y que el interior parecía tristemente polvoriento y mugriento, pero nada que no se pudiera resolver con un poco de determinación y una buena limpieza.

Había visto a un hombre con una expresión algo severa detrás del mostrador del bar. Aunque servía cerveza de barril, su conducta sugería que se dedicaba a otras cosas que le entusiasmaban mucho menos. En el anuncio había una dirección para enviar las solicitudes, no la de la posada sino la de Grange, Colyton. Sin duda alguna esperaban recibir las solicitudes del trabajo por correo. Armándose de valor y con las tres «referencias» a buen recaudo en el bolsito, Emily había dado el primer paso, acercándose al bar y pidiéndole al hombre que atendía la barra la dirección de Grange.

Y eso era lo que le había ocurrido hasta llegar a donde se encontraba en ese momento, vacilando en medio del camino. Se dijo a sí misma que sólo estaba siendo precavida al intentar adivinar qué tipo de hombre era el dueño de la posada examinando su casa.

Mayor, pensó, y asentado. Había algo en aquella casa que sugería comodidad. Quizá fuera un hombre que llevaba muchos años casado, tal vez un viudo, o al menos alguien con una esposa tan mayor y asentada como él. Por supuesto, pertenecería a la clase acomodada, probablemente de los que se consideraba un pilar del condado. Alguien paternalista -estaba absolutamente segura de ello-, lo que sin duda le resultaría muy útil. Tenía que acordarse de recurrir a esa emoción si necesitaba presionarle para que le diera el trabajo.



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