
La consideró con una mirada tranquila.
– ¿Sí, señorita?
Em se armó de valor ante el semblante afable del hombre.
– Quisiera hablar con el propietario de la posada Red Bells. Estoy aquí para solicitar el empleo de posadera.
La sorpresa atravesó los rasgos del mayordomo, que frunció el ceño ligeramente. Vaciló, mirándola, antes de preguntar:
– ¿Es una broma, señorita?
Ella apretó los labios y entrecerró los ojos.
– No. No es ninguna broma. -Apretó los dientes y se dispuso a coger el coro por los cuernos-. Sí, sé que puede parecerlo. -El suave pelo castaño y rizado de Emily y un rostro que todos consideraban muy dulce, combinados con su figura delgada y su pequeña estatura no hacían justicia a su enérgico carácter, ese que se necesitaba para regentar una posada-. Pero tengo bastante experiencia en este tipo de trabajo y por lo que sé el puesto aún sigue vacante.
El mayordomo pareció sorprendido por su enérgica respuesta. La estudió durante un buen rato, fijándose en el vestido de color aceituna con el cuello alto, que se había puesto en Axminster, antes de preguntarle:
– ¿Está segura?
Ella frunció el ceño.
– Bueno, por supuesto que estoy segura. Estoy aquí, ¿verdad?
Él lo reconoció con una leve inclinación de cabeza, pero siguió titubeando.
Ella levantó la barbilla.
– Tengo referencias, tres referencias para ser más exactos. -Golpeó ligeramente el bolsito. Mientras lo hacía, recordó la posada, y los bordes gastados de los anuncios. Clavó la mirada en la cara del mayordomo y se arriesgó a hacer una deducción-. Está claro que su patrón tiene dificultades para cubrir el puesto. Estoy segura de que quiere que la posada vuelva a estar a pleno rendimiento. Y aquí estoy yo, una aspirante perfectamente digna. ¿Está seguro de que quiere que me dé la vuelta y me marche en vez de informarle a su amo de que estoy aquí y deseo hablar con él?
