
El sonido de pasos en el umbral de la puerta le hizo levantar la mirada.
Vio que una señorita entraba en la habitación, seguida de Mortimer.
La arraigada educación de Jonas, le hizo ponerse en pie.
Lo primero que Em pensó al clavar los ojos en el caballero que estaba detrás del escritorio en la bien surtida biblioteca fue que era demasiado joven.
Demasiado joven para adoptar una actitud paternalista hacia ella.
O para mostrarse paternalista con cualquiera.
Un inesperado pánico sin precedentes la embargó. Aquel hombre -de unos treinta años y tan guapo como el pecado-no era, ni mucho menos, el tipo de hombre con el que había esperado tener que tratar.
Pero no había nadie más en la biblioteca, y había visto al mayordomo salir de aquella estancia cuando la había ido a buscar. Así que estaba claro que era con él con quien debía entrevistarse.
El caballero, ahora de pie, tenía los ojos clavados en ella. Em respiró hondo para tranquilizarse mientras pensaba que aquélla era la oportunidad perfecta para estudiarle.
Era alto y delgado. Medía más de uno ochenta y cinco y tenía largas piernas. La chaqueta entallada cubría unos hombros anchos. El pelo, castaño oscuro, caía elegantemente en despeinados mechones sobre una cabeza bien formada. Poseía los rasgos aguileños tan comunes entre la aristocracia, lo que reforzaba la creciente certeza de Emily de que el dueño de Grange pertenecía a una clase social más elevada que la de mero terrateniente rural.
Tenía un rostro fascinante. Ojos de color castaño oscuro, más vivaces que conmovedores, bajo unas cejas oscuras que acapararon su atención de inmediato a pesar de que él no la estaba mirando a los ojos. De hecho, la estaba recorriendo con la mirada de los pies a la cabeza. Cuando Emily se dio cuenta de que el hombre estaba observando su cuerpo, tuvo que contener un inesperado temblor.
