Respiró hondo y contuvo el aliento absorta en lo que implicaba aquella frente ancha, la nariz firme y la mandíbula, todavía más fuerte y cuadrada. Todo aquello sugería un carácter fuerte, firme y resuelto.

Los labios eran completamente tentadores. Delgados pero firmes, sus líneas sugerían una expresividad que debería suavizar los ángulos casi severos de la cara.

Em apartó la mirada de la cara y se fijó en su elegante indumentaria. Vestía ropa hecha a medida. Ya había visto antes a algunos petimetres londinenses y, aunque él no iba demasiado arreglado, las prendas eran de una calidad excelente y la corbata estaba hábilmente anudada con un nudo engañosamente sencillo.

Debajo de la fina tela de la camisa blanca, se percibía un pecho musculoso, pero de líneas puras y enjutas. Cuando él se movió y rodeó el escritorio lentamente, le recordó a un depredador salvaje, uno que poseía una gracia peligrosa y atlética.

Em parpadeó.

– ¿Es usted el dueño de la posada Red Bells? -No pudo evitar preguntar.

Él se detuvo ante la esquina delantera del escritorio y finalmente la miró a los ojos.

Em sintió como si la hubiera atravesado una llama ardiente, dejándola casi sin aliento.

– Soy el señor Tallent, el señor Jonas Tallent. -Tenía una voz profunda pero clara, con el acento refinado de la clase alta-. Sir Jasper Tallent, mi padre, es el dueño de la posada. En este momento se encuentra ausente y soy yo quien se encarga de dirigir sus propiedades durante su ausencia. Tome asiento, por favor.

Jonas señaló la silla frente al escritorio. Tuvo que contener el deseo de acercarse y sujetársela mientras ella se sentaba.

Si aquella joven hubiera sido un hombre, él no lo habría invitado a sentarse. Pero no lo era; era, definitivamente, una mujer. La idea de que se quedara de pie ante él mientras Jonas se sentaba, leía las referencias que ella había traído y la interrogaba sobre su experiencia laboral era, sencillamente, inaceptable.



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