
Ella se recogió las faldas color verde aceituna con una mano y tomó asiento. Por encima de la cabeza de la joven, Jonas miró a Mortimer. Ahora comprendía la renuencia del mayordomo al calificar a la señorita Beauregard como «una joven». Fuera como fuese, no cabía ninguna duda de que la señorita Emily Beauregard era una dama.
Las pruebas estaban allí mismo, en cada línea de su menudo cuerpo, en cada elegante movimiento que realizaba de manera inconsciente. Tenía huesos pequeños y casi delicados, y su rostro en forma de corazón poseía un cutis de porcelana con un leve rubor en las mejillas. Sus rasgos podrían describirse -si él tuviera alma de poeta-como esculpidos por un maestro.
Los labios eran exuberantes y de un pálido color rosado. Estaban perfectamente moldeados, aunque en ese momento formaban una línea inflexible, una que él se sentía impulsado a suavizar hasta conseguir que se curvara en una sonrisa. La nariz era pequeña y recta, las pestañas largas y espesas, y rodeaban unos enormes ojos de color avellana, los más vivaces que c! hubiera visto nunca. Sobre aquellos ojos tan llamativos se perfilaban unas discretas cejas castañas ligeramente arqueadas. Y sobre la frente caían unos suaves rizos castaño claro. Resultaba evidente que ella había intentado recogerse el pelo en la nuca, pero los brillantes rizos tenían ideas propias y se habían escapado de su confinamiento para enmarcarle deliciosamente la cara.
La barbilla, suavemente redondeada, era el único elemento de aquel rostro que parecía mostrar indicios de tensión.
Mientras regresaba a su asiento, en la mente de Jonas sólo había un pensamiento: «¿Por qué demonios una dama como ésa solicitaba el puesto de gerente en una posada?»
