
Despidió a Mortimer con un gesto de cabeza y se sentó. Cuando la puerta se cerró suavemente, clavó la mirada en la mujer que tenía delante.
– Señorita Beauregard…
– Tengo tres cartas de referencia que, estoy segura, querrá leer. -La joven rebuscó en el bolsito y sacó tres hojas dobladas. Se inclinó hacia delante y se las tendió.
El no tuvo más remedio que cogerlas.
– Señorita Beauregard…
– Si las leyera… -Cruzó las manos sobre el bolsito en el regazo y le señaló las referencias con un gesto de cabeza-, se daría cuenta de que tengo sobrada experiencia en este tipo de trabajo y que estoy más que cualificada para cubrir el puesto de posadera en Red Bells. -La joven no le dio tiempo a responder, sino que clavó sus vividos ojos en él y declaró con calma-: Creo que el puesto lleva vacante algún tiempo.
Bajo aquella perspicaz y directa mirada color avellana, él se dio cuenta de que sus suposiciones sobre la señorita Emily Beauregard variaban sutilmente.
– En efecto.
Ella le sostuvo la mirada con serenidad. Resultaba evidente que no era una mujer dócil.
La joven esperó un tenso momento mientras bajaba la vista a las referencias en las manos de Jonas para luego volver a mirarle a la cara.
– ¿Le importaría leerlas?
El se reprendió mentalmente. Apretando los labios, bajó la vista y obedientemente desdobló la primera hoja.
Mientras leía las tres referencias pulcramente escritas e idénticamente dobladas, ella se dedicó a llenarle los oídos con una letanía de sus virtudes y experiencia como gerente en distintas posadas. Pensó en lo agradable y tranquilizadora que era la voz de la joven. Levantó la mirada de vez en cuando, sorprendido por un leve cambio en la cadencia de su tono. Mientras terminaba de leer la tercera referencia, Jonas se dio cuenta de que los cambios de voz ocurrían cuando ella intentaba recordar algún acontecimiento en concreto.
De todo lo que estaba oyendo, sólo una cosa era cierta: que la joven tenía experiencia en llevar la dirección de una casa y organizar fiestas.
