
Fue una suerte que él no se hubiera ofrecido a estrecharle la mano. No sabía cómo habría reaccionado si su contacto le hubiera afectado de una manera similar a su mirada. Podría haber hecho algo realmente vergonzoso y espantoso, como estremecerse de manera reveladora, o temblar y cerrar los ojos.
Por fortuna, no se había visto sometida a esa prueba.
Así que todo estaba bien -estupendamente bien-en su mundo.
No podía dejar de sonreír ampliamente. Se permitió el gusto de dar un pequeño saltito, una expresión de puro entusiasmo, antes de que aparecieran ante su vista las primeras casas del pueblo, que bordeaban la carretera que atravesaba de norte a sur el centro del Colyton.
No era un pueblo grande, pero era el hogar de sus antepasados, y eso ya decía mucho en su favor. Para ella tenía el tamaño correcto. Y se quedaría allí con sus hermanos. Al menos hasta que encontraran el tesoro.
Era lunes y estaba atardeciendo y, salvo ella misma, la carretera estaba desierta. Miró a su alrededor mientras caminaba hacia la posada, observando que había una herrería un poco más adelante, a la izquierda, y que algo más allá había un cementerio al lado de una iglesia, justo en el borde de la cordillera que constituía el límite occidental del pueblo. Un poco antes de la iglesia, el camino bordeaba un estanque de patos. Justo enfrente, se encontraba la posada Red Bells en todo su decadente esplendor.
Al llegar a un cruce de caminos, se detuvo para estudiar su nuevo lugar de trabajo. Exceptuando las contraventanas, que necesitaban una buena mano de pintura, el resto de la fachada delantera era aceptable, al menos por el momento. Había algunas mesas y bancos en el exterior, cubiertos por un montón de maleza, pero que aun así podrían ser útiles. También había tres jardineras vacías, algo que se podría rectificar con facilidad, y que quedarían muy bien en cuanto se les aplicara una capa de pintura. Había que limpiar los cristales de las ventanas y barrer el porche pero, por lo demás, la parte delantera podía pasar.
