
Observó las ventanas del ático. Al menos aquellas habitaciones tenían un montón de luz, o la tendrían en cuanto se limpiaran las ventanas. Se preguntó en qué condiciones se encontrarían el resto de las habitaciones, en especial las habitaciones de huéspedes que estaban en el primer piso.
Desplazó la mirada por el camino que se extendía ante ella, barriendo con la vista las pequeñas casas de campo que se encontraban enfrente hasta la casa de mayor tamaño, al final del sendero, la primera si uno entraba en el pueblo desde el norte.
Sospechaba que esa casa era Colyton Manor, la casa solariega de su familia. Su bisabuelo había sido el último Colyton que residió allí, hacía ya muchos años. Dudaba que quedara nadie con vida que pudiera recordarlo.
Tras un momento, sacudió la cabeza para librarse de esos tristes pensamientos y volvió a mirar la posada. Esbozó una sonrisa. Había llegado el momento de aliviar la preocupación de sus hermanos. Con una sonrisa más amplia y radiante, se dirigió a la puerta de la posada.
Estaban en la misma esquina donde ella los había dejado, con los baúles y las maletas amontonados cerca de ellos. No tuvo que decirles nada. Con sólo una mirada a su cara, las gemelas, de pelo rubio y angelicales ojos azules, comenzaron a soltar gritos de alegría impropios de una dama antes de correr hacia ella para rodearla con sus brazos.
– ¡Lo has conseguido! ¡Lo has conseguido! -Corearon al unísono, sin dejar de revolotear a su alrededor.
– Sí, pero ahora estaros calladitas. -Las abrazó brevemente y las soltó para acercarse a sus otros dos hermanos. Buscó los ojos azules de Issy con una expresión de sereno triunfo; luego, con una sonrisa más profunda, miró a Henry, que permanecía serio y taciturno.
