En el salón público de la posada había, según sus cálculos, unos cuarenta asientos o más. Además de muchas mesas con bancos y sillas, incluido confortables sillones de orejas dispuestos en semicírculo alrededor de las chimeneas. Por otra parte, había un área a la derecha de la puerta principal algo más informal, con mesas redondas con bancos y sillas de madera a lo largo de las paredes. En la zona a la izquierda de la puerta, había, en cambio, bancos acolchados y sillas almohadilladas, y más sillones de orejas alrededor de mesas bajas. Un poco más allá, entre la chimenea y la puerta de la cocina, había mesas rectangulares con bancos; resultaba evidente que se trataba de la zona del comedor.

El polvo que cubría los asientos más cómodos y las mesitas bajas hacía sospechar a Em que esa área en particular -destinada probablemente a mujeres y gente de más edad-no había sido demasiado usada en los últimos años.

Esperaba que ese hecho cambiara ahora. Una posada como Red Bells debería ser el centro de vida del pueblo, y eso incluía a la mitad de la población femenina y a la gente de más edad.

Además, el hecho de tener tanto a mujeres como ancianos en la posada, ayudaría a mejorar el comportamiento de los hombres. Tomó nota mental de establecer algunas normas y hallar la manera de hacerlas cumplir.

Edgar ya le había dicho, en tono de queja, que la clientela de la posada había disminuido debido a la dejadez de su predecesor, un hombre llamado Juggs. Incluso los viajeros que solían parar regularmente en la posada, habían buscado, con el paso del tiempo, otros lugares donde alojarse.

Em tenía un arduo trabajo por delante para conseguir que la posada volviera a recuperar su antiguo esplendor. Para su sorpresa, tal desafío suponía todo un estímulo, algo que no se había esperado al llegar allí.



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