– Oooh, qué lugar más bonito -dijo Gertrude, Gert para la familia, entrando en la habitación con Beatrice, Bea, pisándole los talones, con una mirada igual de observadora que su gemela.

Henry apareció detrás de las gemelas, seguido de Issy, con un delantal y un paño entre las manos.

– La cena estará lista en media hora -anunció Issy con cierto orgullo. Miró a Em-. La cocina, una vez desenterradas las cazuelas y las sartenes, ha resultado ser una maravilla. Al parecer alguien había guardado los utensilios en el sótano. -Ladeó la cabeza-. ¿Has pensado en contratar personal para la cocina?

Levantándose del alféizar de la ventana, Em asintió con la cabeza.

– Edgar me ha contado que antes solían trabajar aquí una cocinera y varios ayudantes. Todos viven en el pueblo y es muy posible que todavía estén disponibles si queremos contratarles de nuevo. Le he respondido que sí. -Le lanzó a Issy una mirada firme-. Me gustaría que me echaras una mano con los menús y los pedidos, pero, una vez que todo esté en orden, no quiero que cocines a menos que se trate de una emergencia. -Issy abrió la boca para protestar, pero Em levantó una mano para silenciarla-. Sí, ya sé que no te importa, pero no te he sacado de la cocina de tío Harold para meterte en otra.

Desplazó la mirada por las caras de sus hermanos.

– Todos sabemos por qué estamos aquí.

– ¡Para encontrar el tesoro! -exclamó Bea con voz aguda.

Em se volvió, cogió la manilla de la ventana y la cerró. Las voces chillonas de las gemelas se oían desde muy lejos, y no quería que nadie más conociera la razón por la que estaban en Colyton.

– Sí -dijo ella, asintiendo con decisión-. Vamos a encontrar el tesoro, pero además vamos a vivir una vida normal.

Miró a las gemelas, que no parecían afectadas por su tono. Em las conocía muy bien.



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