– Ya hemos hablado de esto antes, pero por desgracia Susan descuidó vuestra educación. Puede que también seáis hijas de papá, pero hemos descuidado las bases de vuestra educación como señoritas. Issy, Henry y yo tuvimos institutrices que nos enseñaron. Y aunque por el momento no podréis tenerlas, Issy y yo misma nos encargaremos de que recibáis vuestras lecciones.

Las gemelas intercambiaron una mirada-lo que no era buena señal-antes de mirar a Em y asentir dócilmente con la cabeza.

– Está bien -dijeron al unísono-, probaremos a ver cómo nos va.

No había nada que probar, pero Em decidió dejar esa batalla para más adelante. Issy, con quien había estado hablando durante largas horas sobre la falta de educación de las gemelas, asintió en silencio con determinación.

Aunque todos eran Colyton, hijos del mismo padre, las gemelas eran producto del segundo matrimonio de Reginald Colyton. Si bien Susan, la madre de las gemelas, había sido una persona encantadora, una a la que Em, Issy y Henry habían tomado cariño, no había tenido la misma educación que ellos. Aquello no había importado mientras vivió su padre, pero después de que muriera, cuando las gemelas tenían sólo dos años, la familia se había separado. Harold Potheridge había sido nombrado tutor de Em, Issy y Henry, y se los había llevado a su casa, Runcorn Manor en Leicestershire, mientras que las gemelas, como era natural, se habían quedado con Susan en York.

Aunque Em e Issy habían mantenido correspondencia con Susan de manera regular, y las cartas que recibían de su madrastra siempre habían sido alegres. Después de que ésta muriera, las gemelas, huérfanas a los nueve años de edad, se habían presentado sin avisar en la puerta de Harold. Fue entonces cuando las dos hermanas mayores se habían dado cuenta de que las cosas no habían resultado tan alegres y dicharacheras como Susan les había hecho creer.

Al parecer, la boda de la que les había hablado no había tenido lugar.



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