
Luego abandonó la estancia. Le había dicho a Edgar que quería estudiar a los posibles clientes de la posada, aprendiendo de esa manera la clase de clientela que atendían y decidir en concordancia la comida más adecuada.
Bajó en silencio las escaleras principales, deteniéndose en el último descansillo, utilizando la ventajosa posición para escudriñar con rapidez el salón observando a los hombres apoyados en la barra y a las dos parejas de ancianos sentados en las mesas cerca de la chimenea apagada.
No hacía frío, pero pensó que un fuego cálido haría más agradable el ambiente. Continuó bajando las escaleras y añadió mentalmente leña a la lista de suministros.
Tras descender el último escalón fue consciente de las miradas furtivas que le lanzaban los clientes, aunque todos apartaron la atención de ella cuando echó un vistazo alrededor. Sin duda, debían de saber que ella era la nueva posadera. Sintiendo el interés y la expectación que despertaba, Em se ajustó el chal sobre los hombros, se dio la vuelta y entró en la cocina.
Atravesó la cocina vacía y salió al pequeño vestíbulo que había entre el fondo del bar de Edgar y el diminuto despacho del posadero. Ya había examinado aquel lugar antes; aparte de un montón de recibos viejos, no había encontrado ningún tipo de registro, factura o libro de cuentas…, nada que identificara a los proveedores con los que tenía que haber tratado Juggs.
Era un absoluto misterio cómo aquel hombre había dirigido la posada en el pasado, pero intentar desvelar aquel misterio era algo que no pensaba hacer hasta el día siguiente. Ahora se contentaría con aprender algo sobre los clientes de la posada.
Se detuvo ante la puerta del despacho, oculta entre las profundas sombras del vestíbulo, y volvió a mirar a los bebedores, creando una lista mental de las comidas por las que aquellos hombres estarían dispuestos a pagar y pensando en la mejor manera de tentar a sus mujeres para que frecuentaran una posada limpia y bien atendida.
