
Mentalmente, añadió a la lista un enorme frasco de cera de abejas, preferentemente con olor a limón o lavanda.
Estaba estudiando a una de las parejas de ancianos sentados a una de las mesas, cuando sintió una abrumadora presencia a su espalda a la vez que le bajaba un escalofrío por la columna.
– Hector Crabbe. Vive en una pequeña casa al sur del pueblo.
Em reconoció aquella profunda voz al instante, a pesar de que no era nada más que un susurro en su oído. Fue el orgullo lo que la hizo cruzar los brazos bajo los pechos para no ceder al impulso de darse la vuelta. Se obligó a hablar con normalidad.
– ¿Quién es Crabbe?
Hubo un momento de silencio, sin duda mientras él esperaba que ella reconociera su presencia más apropiadamente. Como Em no movió ni un solo músculo, él respondió:
– El que lleva barba.
– ¿Está casado?
– Creo que sí. -Em casi pudo oír sus pensamientos antes ele que se decidiera a preguntar-: ¿Por qué quiere saberlo?
– Porque -dijo ella, que cedió finalmente a su primer impulso y lo miró por encima del hombro-me preguntaba si podría tentar a la señora Crabbe y a otras como ella para que vinieran a la posada de vez en cuando y utilizaran el salón como un lugar de reunión.
Em se volvió, casi sin aliento, hacia el salón, luchando contra la repentina aceleración de su pulso. Los seductores ojos masculinos estaban tan cerca que, incluso en la oscuridad, se había sentido atraída hacia ellos.
– ¿Sabe por casualidad dónde se reúnen las mujeres del pueblo?
Cuando él respondió, Em percibió un deje de interés en su voz.
– No sé si lo hacen.
Ella sonrió, y volvió a mirarle por encima del hombro.
– Mucho mejor para nosotros.
Jonas la miró a los ojos, sintiendo de nuevo el poder de aquella devastadora sonrisa.
