No estuvo seguro de si se sintió decepcionado o aliviado cuando, después de sostenerle la mirada brevemente, ella se volvió hacia el salón.

– ¿Quién es el hombre con el que habla Crabbe?

Se lo dijo. Ella fue preguntándole sobre los clientes, pidiéndole que le dijera los nombres, las direcciones y el estado civil de cada uno. A Jonas le sorprendió y le desconcertó que ella pudiera ignorar con total facilidad la atracción que parecía existir entre ellos. Incluso habría dudado de que la joven la hubiera notado siquiera si no fuera porque la oyó contener el aliento al mirarlo por primera vez y la vio agarrarse los codos con firmeza, como si estuviera buscando algo en lo que apoyarse.

Jonas podía comprenderla. Estar tan cerca de ella, entre las oscuras sombras, inspirar el olor que emitía su piel y su pelo brillante, le hacía sentirse ligeramente mareado.

Lo que era muy inusual, jamás había conocido a una mujer, ni mucho menos a una dama, que atrajera su atención de una manera tan intensa casi sin ningún esfuerzo.

Aunque sin ningún esfuerzo era la definición más adecuada, Jonas era plenamente consciente de que ella no había intentado, al menos por ahora, atraerlo de esa manera.

Alentarlo.

El cielo sabía que ella estaba haciendo todo lo posible para no alentarlo en absoluto.

Era una pena que él fuera todavía más terco de lo que intuía que era ella.

En cuanto le dijo los nombres de todos los clientes, ella se dio la vuelta y le lanzó una rápida mirada a la cara.

– He examinado el despacho, pero no he podido encontrar ningún libro de cuentas de la posada. De hecho, no he encontrado ningún tipo de registro. ¿Están en su poder?

Jonas no respondió de inmediato, pues su cerebro tenía problemas para asimilar la pregunta ya que estaba demasiado ocupado considerando las brillantes posibilidades de la posición en la que se encontraban.



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