
No le había pasado desapercibido que ella le había incluido en su monólogo. No sabía si había sido aposta o no, pero que hablara en plural le recordó que la necesitaba allí, como posadera de Red Bells. Y que si quería que se quedara allí, que se encargara de la posada, algo que estaba cada vez más seguro que ella era capaz de hacer, entonces no podía permitirse el lujo de ponerla nerviosa, empujándola a marcharse.
Aunque la señorita Beauregard estaba más a la defensiva que nerviosa, con todas las defensas alzadas y se negaba a admitir la atracción que existía entre ellos.
Jonas podía atravesar esas defensas con facilidad; todo lo que tenía que hacer era entrar en el despacho, cerrar la puerta y… Pero no era el momento de arriesgarse a hacer tal movimiento. Además, seguía sin saber qué era lo que la había llevado hasta allí, qué era lo que la había conducido a ser su posadera. Y hasta que lo supiera…
Jonas se apartó de la jamba de la puerta y ladeó la cabeza.
– Sí, señorita Beauregard. Sus ideas me parecen buenas. -Curvó los labios en una sonrisa-. La dejaré trabajar en paz. Buenas noches, señorita Beauregard.
Ella se despidió con un regio gesto de cabeza.
– Buenas noches, señor Tallent.
Él se dio la vuelta y abandonó el despacho sin mirar atrás.
Era más de medianoche cuando Em subió las escaleras para dirigirse a su habitación. En la cocina había encontrado una vela, una que duraría toda la noche. No es que le diera miedo la oscuridad, pero si podía remediarlo, prefería disponer de luz.
La oscuridad le recordaba la noche en la que murió su madre. No sabía por qué exactamente, pero si permanecía mucho rato a oscuras, tenía la impresión de que un peso, un peso creciente, le aplastaba el pecho, haciendo que le costara trabajo respirar, hasta que era presa del pánico y tenía que encender una vela.
Al entrar en sus aposentos, vio que la luz de la luna se reflejaba en la alfombra. Había dejado las cortinas abiertas, por lo que apenas necesitaba más luz. Dejó la vela en el tocador y se acercó a la ventana. Se detuvo delante y dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad exterior.
