
La plateada luz de la luna se derramaba sobre el paisaje, iluminando los árboles y los arbustos, haciendo que el campo pareciera un mar embravecido. En contraste, la superficie del estanque de patos parecía un trozo de negra, pulida y brillante obsidiana, cuyas sombras cambiaban por la leve brisa, rizadas por la luz de la luna. En lo alto de la colina, como un vigilante centinela, la iglesia se erguía sólida y majestuosa, recortada contra el cielo nocturno.
Em respiró hondo. Permaneció inmóvil ante la ventana, permitiendo que la invadiera una insólita paz.
Se negó a pensar en Jonas Tallen, ni en el desafío en el que se había convertido la posada. Se negó incluso a pensar en la búsqueda del tesoro de la familia.
En medio de la oscuridad de la noche, sintió cómo la calma, la serenidad y algo más profundo, más fuerte y duradero, la inundaba.
Tranquilizándola.
Cuando finalmente se dio la vuelta, cogió la vela y se dirigió a su nueva cama, sintiendo como si por fin hubiera vuelto a casa.
A las diez de la mañana del día siguiente, Em salió por la puerta principal de Red Bells. Acompañada de Henry, que caminaba a su lado, subió con paso enérgico el camino que conducía a la iglesia, con el campo a la izquierda y las casitas a la derecha.
Se había puesto su sombrerito dominical, lo que era de rigor cuando se visitaba la rectoría. Esa misma mañana, Edgar le había sugerido que hablara con el párroco, el señor Filing, sobre los estudios de Henry.
La cocina de la posada había resultado sorprendentemente acogedora cuando se habían reunido allí para desayunar. Issy había hecho tortitas, y el té que encontraron en una de las despensas había resultado ser muy bueno.
Edgar apareció a las ocho para abrir la puerta y barrer la taberna. Cuando Em le había comentado en tono de decepción que le extrañaba la ausencia de clientes a esas horas, él le informó que rara vez se presentaba alguien antes del mediodía.
