Y eso era algo que tenía que cambiar.

A las nueve, Em había hablado y contratado a Hilda, la mujer que antes se había encargado de la cocina y que no tardó en intercambiar recetas con Issy, lo que había sido una buena señal. Y también había contratado a dos chicas, sobrinas de Hilda, para que la ayudaran en la cocina. Además había empleado a las robustas hijas de un primo de Hilda, Bertha y May, que, desde ese mismo día, se encargarían de la limpieza.

Como le había dicho a Jonas Tallent, ofrecer buenas comidas encabezaba su lista de prioridades. En cuanto resolviera el tema de los estudios de Henry, se encargaría de la imperativa tarea de reabastecer las despensas de la posada.

Hacía un buen día. Una brisa ligera agitaba los extremos de las cintas de su sombrerito y los lazos de la chaquetilla verde que se había puesto encima del vestido de paseo de color verde pálido.

Acababan de dejar atrás el estanque de patos cuando escuchó unas fuertes pisadas a su espalda.

– Buenos días, señorita Beauregard.

Ella se detuvo, tomó aliento para sosegar sus sentidos y se dio la vuelta.

– Buenos días, señor Tallent.

Cuando sus miradas se encontraron, Em se dio cuenta de que tomar aliento no había servido de nada. Sus sentidos se negaban a calmarse y seguía conteniendo el aliento. El llevaba una chaqueta de montar y unos pantalones de ante que se ajustaban a sus muslos antes de desaparecer en el interior de las brillantes botas de montar.

Después de un rato, Jonas miró a Henry.

Quien lo estudiaba atentamente y estaba a punto de salir en defensa de su hermana.

– Permítame presentarle a mi hermano Henry. -Se volvió hacia Henry y dijo-: Este es el señor Tallent, el dueño de la posada.



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