
Em esperaba que su hermano no se olvidara de la educación recibida y recordara la necesidad de ser cortés con su patrón.
Jonas se encontró mirando una versión más joven y masculina de su posadera. Tenía la misma mirada clara que la joven aunque los ojos no eran exactamente del mismo color. El muchacho era alto, casi le llevaba una cabeza a su diminuta hermana, y era larguirucho, aunque no cabía duda de que eso cambiaría muy pronto. Aun así, era imposible no percibir la relación familiar, lo que explicaba -por lo menos para Jonas, que tenía una hermana-la expresión casi furiosa en los ojos de Henry Beauregard.
Jonas le tendió la mano y le saludó con un gesto de cabeza.
– Henry.
El jovencito parpadeó, pero estrechó la mano que le tendía, saludándole también con la cabeza.
– Señor Tallent.
Jonas le soltó y miró a su hermana.
– ¿Han salido a tomar el aire o tienen algún destino en mente?
Era evidente que se trataba de eso último. Ella estaba caminando con el paso brioso de alguien que tuviera un destino en mente. La señorita Beauregard vaciló un segundo antes de responder.
– Nos dirigimos a la rectoría.
Em se volvió y reanudó la marcha. Él no tardó en ajustar su paso al de la joven, mientras que Henry se situaba al otro lado de ella.
– Si van a ver a Filing, deben saber que la carretera es el camino más largo. -Señaló un sendero que cruzaba los campos en dirección a la rectoría-. Por ahí es más rápido.
Ella inclinó la cabeza, agradeciéndole la información, y se desvió hacia el sendero que le indicaba. Cuando puso un pie en el camino de tierra, él alargó el brazo para tomarla del codo.
Él sintió el escalofrío que la recorrió y su calidez en las puncas de los dedos.
«Cuando se sienta segura», se dijo a sí mismo, recordando la decisión de no ponerla nerviosa -al menos por el momento-, y la soltó a regañadientes.
Ella se detuvo y le miró, el camino ascendente hacía que sus ojos quedaran al mismo nivel. Apretando los labios, la joven asintió con la cabeza.
