
– Gracias. Desde aquí podremos encontrar el camino solos, no es necesario que se moleste más por nosotros.
El sonrió, mostrándole los dientes.
– No es ninguna molestia. Yo también voy a ver a Filing.
– ¿De veras? -Una firme sospecha brillaba en los ojos de la señorita Beauregard.
– Tenemos que resolver unos negocios -le informó sin dejar de sonreír. Le hizo señas para que siguiera andando.
Frunciendo el ceño, ella se dio la vuelta y reanudó la marcha cuesta arriba.
El la siguió y, consciente de que Henry le estaba observando, clavó la vista en el camino. El muchacho se mostraba muy protector hacia su hermana. Resultaba evidente que no se fiaba de él, aunque había más curiosidad que recelo en sus ojos.
Em también era consciente de que Henry evaluaba a Jonas Tallent, y en ese sentido, se encontró, inesperadamente, sin saber qué hacer. Aunque no tenía intención de alentar a Tallent para que se preocupara por ella o por su familia, era dolorosamente consciente de que durante los últimos ocho años Henry había carecido de un mentor masculino. Su tío, desde luego, no había ejercido el papel de su padre. Henry necesitaba una guía masculina -un hombre al que pudiera admirar-y, aunque Filing podía impartirle lecciones, dudaba que un párroco pudiera llenar ese otro vacío, menos tangible, pero no menos importante.
Sin embargo, Jonas Tallent, sí podría hacerlo.
Dejando a un lado el inquietante efecto que él tenía sobre sus estúpidos sentidos, no había observado nada en él que pudiera ofendería. De hecho, su estatus, social y financiero, era equivalente al de su hermano. O, mejor dicho, al que su hermano tendría algún día.
Tallent sería un buen modelo a imitar para Henry.
Suponiendo, claro está, que ella no descubriera puntos negativos en su contra.
El sendero que atravesaba los campos tenía una cuesta pronunciada, y estaba bordeado por vallas y rocas. La ascensión fue lenta, pero Em no tenía ningún motivo para darse prisa.
