– Yo diría que la situación no puede ser peor cuando el mejor aspirante es un ex presidiario de Newgate.

Lucifer soltó una carcajada. Se levantó, se estiró y le brindó una sonrisa a su cuñado.

– Ya verás como al final aparece alguien.

– Eso espero -respondió Jonas-. Pero ¿cuándo? Como bien has señalado, las expectativas no harán más que aumentar. Como propietario de la posada y, por consiguiente, la persona que todos consideran responsable para cumplir con dichas expectativas, el tiempo corre en mi contra.

La sonrisa de Lucifer fue comprensiva pero de poca ayuda.

– Tengo que dejarte. Prometí que volvería a casa a tiempo de jugar a los piratas con mis hijos.

Jonas observó que, como siempre, Lucifer sentía un especial deleite al pronunciar la palabra «hijos», como si estuviera probando y saboreando todo lo que significaba.

Despidiéndose alegremente de él, su cuñado se marchó, dejándolo con los ojos clavados en el montón de tristes solicitudes para el puesto de posadero de Red Bells.

Deseó poder irse también a jugar a los piratas.

Aquel vivido pensamiento le recordó lo que sabía que estaría esperando a Lucifer al final del corto trayecto por el sendero del bosque que unía la parte trasera de Grange con la de Colyton Manor, la casa que Lucifer había heredado y donde vivía con Phyllida, Aidan y Evan y un reducido número de sirvientes. La mansión siempre estaba llena de calidez y vida, una energía casi tangible que provenía de la satisfacción y felicidad compartidas y que llenaba el alma de sus dueños.

Anclándolos allí.

Aunque Jonas se encontraba totalmente a gusto en Grange -le gustaban tanto la casa como el excelente personal que llevaba allí toda su vida-, era consciente, y más después de sus recientes vivencias en el seno de la alta sociedad, de que deseaba una calidez y un halo de satisfacción y felicidad, similares para su propio hogar, algo que pudiera echar raíces en Grange y en él.



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