Conocer a su principal proveedor, ir a su almacén, con su patrón -el que controlaba la cuenta de gastos que ella manejaría-, acompañándola…

Se había jurado a sí misma que nada la obligaría a estar cerca de Jonas Tallent de no ser absolutamente necesario, pero aun así dejó el lápiz sobre la mesa dispuesta a ir con él.

– ¿Cuánto tiempo nos llevará?

– Dos horas como máximo, ida y vuelta, más el tiempo que estemos hablando con Finch. -Señaló con la cabeza el montón de papeles bajo la mano de Em-. Traiga sus listas, así podrá hacerle el primer pedido.

Era una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar por alto, y no tenía ninguna duda de que Tallent lo sabía.

Lo que él no sabía era que ella era perfectamente capaz de mantenerlo en su lugar, sin importar lo que él pensara o intentara hacer al respecto. Era algo que aprendió durante los años que vivió en casa de su tío. Se había convertido en una auténtica experta en el no muy sutil arte de mantener a los caballeros a raya.

Echó la silla hacia atrás y se levantó.

– De acuerdo. ¿Le importa esperar un momento mientras voy a buscar mi sombrero?

– Por supuesto que no. -Dio un paso atrás para dejarla pasar. Cuando ella ya se dirigía al salón, añadió-: Coja también el abrigo, el viento siempre sopla más fuerte cerca de la costa.

Ella sonrió para sus adentros mientras se encaminaba hacia las escaleras. Cualquier caballero que instintivamente pensaba en la comodidad de una mujer, no podía plantear una seria amenaza para ésta.

Em comenzó a subir las escaleras.

Él se detuvo al pie de éstas.

– Mis caballos son muy briosos. La esperaré fuera.

Ella aceptó con un gesto de la mano y se dirigió a sus aposentos.

Cinco minutos después se reunió con él en el exterior de la posada, y se vio obligada a corregir su definición de «amenaza». Los alazanes pardos de Tallent se encabritaban como auténticos demonios entre las varas del cabriolé.



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