Él notó su vacilación y le brindó una sonrisa.

– No se preocupe. Puedo manejarlos.

Ella levantó la mirada hacia sus ojos.

– No es la primera vez que oigo a un caballero decir esas mismas palabras justo antes de volcar su carruaje.

Él se rio. El sonido de su risa provocó un perturbador hormigueo en las entrañas de Em.

Jonas cogió las riendas con una mano y se llevó la otra al corazón.

– Le juro por mi honor que no acabaremos en una zanja. Ella carraspeó. Se recogió las faldas y se dirigió hacia el lateral del cabriolé.

Él le tendió una mano enguantada para ayudarla a subir. Em la aceptó sin pensar y puso los dedos sobre los de él. Cuando el hombre cerró la mano firmemente sobre la de ella, Em sintió que el mundo se tambaleaba a su alrededor.

Se estremeció.

Él la alzó, y Em aterrizó en el asiento a su lado, luchando por respirar.

¡Santo Dios! ¿Cuándo sus traicioneros sentidos dejarían de reaccionar de esa manera? ¿Cuándo lo superaría?

Él no le sostuvo la mano más de lo necesario. Los dos llevaban guantes y, aun así, la sensación de los dedos de Tallent reteniendo los suyos permaneció mucho tiempo, dejándola sin aliento y estremeciéndole el corazón.

Por fortuna, los caballos, que se movían nerviosamente, no tardaron en reclamar la atención de Tallent. Sin mirarla más que una vez para asegurarse de que se había acomodado bien, él soltó el freno y agitó las riendas. Los corceles se pusieron en movimiento de inmediato y salieron traqueteando del patio delantero de la posada.

El los dirigió hacia el sur.

– Seaton está en línea recta hacia el sur, casi en la costa, y la carretera conduce directamente allí.

Ella asintió con la cabeza porque todavía no confiaba en su voz. Esperó a que él empezara a interrogarla; estaba segura de que ésa era su intención. Pero él sólo la miró una vez antes de que el vehículo cogiera velocidad. Luego centró la atención en los caballos, sin que al parecer sintiera ninguna necesidad de conversar.



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