Em se recostó en el asiento, observando pasar las casas de Seaton e ignorando a propósito la tensión que crepitaba en el aire y que provenía del caballero sentado a su lado.

Deseó que el dijera algo, pero no sabía qué.

El esperó a dejar atrás las casas de Seaton y avanzar a más velocidad antes de hablar.

– Aún no conozco a sus hermanas.

No era una pregunta, pero dada la tensión que dotaba en el aire, ella agradeció que sacara el tema y respondió:

– Tengo tres. Isobel, Issy para la familia, es la mayor. Creo que ya le he mencionado que tiene veintitrés años. Las otras dos son gemelas, Gertrude y Beatrice, Gert y Bea para la familia. -Em hizo una pausa para tomar aliento, pero aquella inquietante tensión seguía allí y continuó hablando-: Las tres, Issy, Gert y Bea, son rubias y tienen los ojos azules, no como Henry y yo. Las gemelas tienen un aspecto angelical que dista mucho de la realidad. La gente tiende a creer que son angelitos, pero me temo que están un tanto descontroladas. Su madre, la madrastra de Issy, Henry y mía, no se las arregló muy bien después de que muriese mi padre y no las educó como es debido. Issy y yo nos percatamos de ello cuando, después de su muerte, las gemelas vinieron a vivir con nosotros. Actualmente, Issy trata de inculcar algunos atributos femeninos en esas mentes no demasiado receptivas.

Hizo una pausa y lo miró.

Él asintió con la cabeza todavía con el ceño fruncido, pero ella no supo si era por el esfuerzo de controlar a los caballos o por algo que ella había dicho o hecho.

Tras un momento, Em miró al frente. Observar el duro e inflexible perfil del señor Tallent no era lo más acertado si quería apaciguar sus hiperactivos nervios.

– Somos naturales de York. Como he mencionado en algún momento, hemos viajado mucho. Permanecimos en Leicestershire durante algún tiempo antes de aceptar los puestos de trabajo que usted vio en las referencias.



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