El coste del viaje fue mayor de lo que ella había esperado, haciendo menguar sus escasos ahorros y casi todos los fondos -la parte que le correspondía de la hacienda de su padre-que el abogado de la familia, el señor Cunningham, había dispuesto que recibiera. Sólo él sabía que sus hermanos y ella habían recogido sus pertenencias y se habían dirigido al pequeño pueblo de Colyton, en lo más profundo del Devon rural.

Su tío, y todos los que podrían ser persuadidos a su favor -gente que deberían meter las narices en sus propios asuntos-, no fueron informados de su destino.

Lo que quería decir que una vez más ellos debían valerse por sí mismos. O, para ser más exactos, que el bienestar de Isobel, Henry y las gemelas, Gertrude y Beatrice, recaía sobre los firmes hombros de Em.

No es que a ella le importara en lo más mínimo. Había asumido la tutela de sus hermanos de manera voluntaria. Continuar siquiera un día más de los absolutamente necesarios en casa de su tío era algo impensable. Sólo la promesa de que al final podrían marcharse de allí había hecho que los cinco Colyton aguantaran vivir bajo el yugo de Harold Potheridge tanto tiempo. Pero hasta que ella cumplió veinticinco años, la custodia de los Colyton había recaído conjuntamente en su tío, el hermano menor de su madre y el señor Cunningham.

El día que Em cumplió veinticinco años, había reemplazado legalmente a su tío. Ese día, sus hermanos y ella tomaron sus escasas pertenencias, que habían recogido días antes, y abandonaron la casa solariega de su tío. Em estaba preparada para enfrentarse a su tío y explicarle su decisión, pero por azares del destino, Harold se marchó ese mismo día a una carrera de caballos y no estuvo allí para presenciar la partida de sus sobrinos.



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